martes, 12 de diciembre de 2017

Desde el Real de la Muy Fiel y Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo

NICOLÁS II
REINADO, MARTIRIO Y SANTIDAD

Lo prometido es deuda. Esto nos lleva a cumplir  con los camaradas lectores y continuar tratando el centenario del horror máximo que han conocido los siglos: la llamada “revolución bolchevique”. Este horror no perteneció solamente a Rusia por haber sido parido allí, en el mismo sitio donde fue aplastado. Algo del averno hizo metástasis en un mundo ateo y por ende hedonista. Ahora lo vemos repetirse con la bendición democrática, el camino perfecto que facilita su siembra, con el permisivismo y el relativismo.
El genial VILFREDO PARETO (lamentablemente tan olvidado) nos alertaba respecto al monstruo hace ya décadas, en las páginas de brillantes estudios. En este caso nos referimos a “Transformación de la Democracia” en uno de cuyos capítulos escribe el Dr. Pareto: “Consciente  o inconscientemente ,van exhortando a la gente a no contrastar «los tiempos nuevos»… «a resignarse a lo inevitable», a creer «en el evangelio divino del proletario» a transformarse para no ser destruidos, lo que a decir verdad, es darse la muerte para no ser asesinados por otros”.
Decía el Dr, Falcionelli que quienes pretendemos escribir historia tenemos prohibido hacerlo presentando una opinión  ya que ésta viola el farisaico principio de objetividad y tiende a hacer filosofía. Pero “lo que es peor”, por ese camino, podríamos llegar a… la metafísica. Y esto es lo peor porque entonces, “encontramos lo absurdo” ya que la METAFISICA “es el desconocimiento del positivismo, el cual, a decir verdad, nunca supo dar una interpretación valedera de la historia”. Y aquí, llegamos  al objeto de estas cuartillas que tienen como meta dar un perfil del Nicolás II Romanoff mártir, quien como “Ungido del Señor,” tuvo siempre como Norte a Cristo como Rey al que buscaba imitar.
Comencemos por afirmar, que creemos en la legitimidad, del poder del Czar porque estaba basada en los Evangelios. Por ello, la ilegitimidad es imposible de probar. Sabemos por experiencia que éste es un asunto no discutible de buena fe, ya para el modernismo no es “políticamente correcto”. Así como no lo es señalar que las finanzas de los deicidas, fueron causa decisiva en la instauración bolchevique. Con brillantez lo señala el Dr, Falcionelli, diciendo que “los mansos corderos del Politburó, no hicieron más que acostarse en las sábanas apenas tendidas en la cama rusa, por los amigos occidentalistas señores Milúkov y Kerensky”.  A esos liberales demócratas, del Febrero de 1917, hay que agregar que, si lo dejáramos de lado, seríamos culpables del pecado de omisión. Esto fue, la presencia en Octubre-Noviembre de 1917, de los ideólogos psicópatas Lenin y Trotsky junto a los plutócratas Jacobo Schiff, Max Warburg y Walther Rathenau de la Banca Khun Loeb and Company. Se abrió así la horrible trampa para la Santa Rusia. Un paréntesis infernal que duró 83 años.
Para quien nos exige una idea básica, respecto a este trabajo, expresamos que la dinastía Romanoff en lucha durante tres siglos, construyó una nación, partiendo desde los orígenes, llamados “Tiempos Turbios”, hasta la grandeza de las primeras décadas del siglo pasado. Esa familia secularmente reinante, con sus tropiezos y aciertos, merece un lugar prominente en la mejor historia de la Santa Rusia. Intentaremos por ello un juicio justo para el último Romanoff, el Czar Nicolás II, tan denostado por la historia masónica como pesimista y sin carácter.
Lo afirmado por esos escribas, forma parte de las incertidumbres históricas creadas en nuestro tiempo. En primer lugar, el Emperador tuvo un carácter firme para llevar la pesada Corona de Rusia durante 23 años. El Símbolo Imperial se convirtió en corona de espinas en el caminar junto a su familia y se convirtió en un campo de clavos en punta al rojo vivo, cuando se acercaron más y más al Gólgota preparado por el bolcheviquismo desde octubre de 1917. Todo perfectamente construido para consumar las espeluznantes muertes el 16 (28) (Ésta según la fecha del calendario Gregoriano) de julio de 1918. En referencia a los que se refieren al pesimismo saben que ,si en algún momento lo fue, era por realista, y su obra de gobernante así lo prueba. De todas maneras aceptamos como gran verdad lo escrito por George Sorel, quien en las “Ilusiones del Progreso” cuando describe a los psicópatas ideólogos de todos los tiempos, nos dice: “El pesimista no está sujeto a las locuras sanguinarias del optimista que se exaspera ante los obstáculos imprevistos que sus proyecciones encuentran; no sueña con instalar el paraíso de las generaciones futuras asesinando en masa a los egoístas de su tiempo”.
El Soberano que nos reúne en esta nota, había nacido el 6 (18) de mayo de 1868. (Va entre paréntesis, reiteramos, la fecha del occidental calendario gregoriano. En el Imperio Ruso regía el llamado Juliano que tenía 12 días de atraso con referencia al nuestro). Pero prosigamos con el tema de fondo. El niño nacido era el hijo del matrimonio Alejandro y María Fedorovna, sucesores, en ese momento, de Alejandro II Ungido del Señor y Czar de todas las Rusias, el gigantesco Imperio que abarcaba una sexta parte de los continentes. El día del bautizo del Gran Duque Nicolás Alexandrovich, en medio del tañir de las campanas, se produjo un extraño suceso que muchos supersticiosos conmovidos hablaron en Rusia y en el continente “de presagios de infortunios”. El hecho se dio de esta manera. Momentos después que el séquito se pusiera en marcha hacia la puerta principal del Templo, del cojín de terciopelo, que llevaba el ujier, se desprendió, cayendo al suelo ruidosamente, la Orden Imperial de San Andrés que se le había conferido al Infante.
Ese presentimiento volvió a reaparecer cuando el día de la coronación de Nicolás II (su padre Alejandro III había muerto el (1) de noviembre de 1894 de una terrible e implacable enfermedad) se produjo, un gran terremoto en  parte de Rusia.  El historiador Jacoby, al que ya hemos citado, expresa: “Ese sentimiento que la fatalidad nos sigue paso a paso prodigando sus advertencias antes del golpe fatal, moldeó poco a poco el carácter del Czar Nicolás”. Cabe señalar como confirmación a lo transcripto del libro del historiador citado, lo que escribimos a continuación.
Tanto la coronación, como el casamiento del ya Czar Nicolás II, con la nieta de Victoria de Inglaterra, se llevaron a cabo en medio del duelo por la muerte de Alejandro III. Las cortinas de luto, caracterizaron todos los grandes acontecimientos que señalamos en anterior párrafo. La Princesa Alix, alemana de nacimiento, nada exigió por respeto al duelo por el fallecimiento de su suegro. La joven Alix, Duquesa de Hesse, (por su padre que descendía de Carlomagno) adoptó el nombre de Alejandra al ser proclamada Czarina. La novel esposa de Nicolás II había sido educada por su abuela dentro de una estricta moral cristiana. Esta singular adopción se debió a que su madre (como dijimos, hija de la Reina Victoria) al cuidar a su hija enferma de difteria contrajo el mal y se fue hacia Dios en 1878, cuando Alix cumplía seis años.
Tan pequeña había conocido el sufrimiento que nunca la abandonó. Cada mes, visitaba la cripta donde descansaban los restos de su madre mártir y allí pasaba horas orando. Ya entonces, muy jovencita escribía pensamientos como éstos: “En medio de la vida estamos con la muerte. Nuestra vida debe ser la preparación y la espera de la eternidad con Jesús”. Del matrimonio con Nicolás II nacieron María, Olga, Tatiana y Anastasia. “Son las cuatro hojas de nuestro Trébol” las definió su padre, Nicolás II, quien sin embargo esperaba el heredero masculino. El ansiado varón llegó en 1904, anunciado con trescientos cañonazos disparados desde la fortaleza San Pedro y San Pablo de San Petersburgo.
Sin embargo, la gran felicidad de los padres y la dinastía duró muy poco, porque a los seis meses apareció la hemofilia, enfermedad heredada por vía materna amén de ser incurable. Por causa de ella, la sangre del enfermo no coagula y con el mínimo tropiezo o caída se forman cardenales muy dolorosos. Pero hubo algo más en estas vidas de los monarcas martiriales. Se trata de un episodio que creemos fue conservado en los escritos personales del gran Ministro Stolypin (asesinado en Kiev en 1911 por un miembro del grupo deicida anímico racial) que nos privilegia al mostrarnos el alma del César como hombre dispuesto al máximo sacrificio. Aquí lo trascribimos al lector, recordando un antiguo adagio español que dice: “Dime lo que lees y te diré como piensas”… y sientes, se permite agregar quien esto escribe.
El episodio que tomamos del importante estudio de Jean Jacoby, tuvo como escenario, el Despacho de Acuerdos en el Palacio de Invierno. Era un día, en el que el Czar, se mostraba especialmente pensativo. En determinado momento y mientras Stolypin presentaba un proyecto de ley, el Soberano le interrumpió con estas palabras: “Nada de cuanto emprendo tiene éxito, no soy lo que puede decirse afortunado. La voluntad del hombre es, sin duda alguna, insignificante”. Stolypin, carácter enérgico y decidido, protestó.  Entonces el Czar le hizo esta pregunta: ¿“Habéis leído la “Vida de los Santos”?
‒ “Sí, respondió el Ministro aunque no completa, pues tiene más de 20 tomos”.
Ante esa respuesta, Nicolás II volvió a preguntar: ¿“Recordáis el día de mi nacimiento”?
‒ ¿Cómo puedo olvidarlo Majestad? Fue el 6 [18] de mayo de 1868.
‒ ¿“Y cuál es el Santo que se celebra ese día”?
‒ “Perdonadme Sire, pero no lo recuerdo”.
‒ “Pues bien, dijo el Czar, es el de JOB”.
‒ “Loado sea Dios, expresó el ministro, entonces no hay duda que el reinado de Vuestra Majestad terminará en la gloria, pues Job después de haber sufrido con humildad las pruebas más terribles fue bendecido por la Divinidad”.
Luego de un corto silencio, Nicolás respondió con tristeza: “No, creedme, Piotr Arcadievich, es algo más que un presentimiento. Tengo la certeza que he sido llamado a sufrir terribles pruebas, por las cuales, no recibiré ninguna recompensa en este mundo” (…) “¡Cuántas veces podría aplicarme las desoladoras palabras de Job «Apenas me asalta un temor, ya empiezan a realizarse todas y  cuantas desgracias preveo se abaten sobre mi cabeza»”.
El Czar pronunció entonces las frases que hablaban de su porvenir: “Tal vez sea necesaria una víctima propiciatoria para salvar a Rusia. Yo seré esa víctima. Hágase la voluntad de Dios”.
Proféticas palabras donde aceptaba humildemente ser Cordero de Dios a imitación de Cristo Jesús. Un Soberano que, sin duda, sigue siendo ejemplo de valor y grandeza. La crónica del reinado de Nicolás II es un trabajo que seguramente ocupa y ocupará a los historiadores serios y veraces. A la nueva Rusia en la que, la Iglesia Ortodoxa, que ha dejado de ser perseguida, ya elevó a Nicolás y su esposa Alejandra a los altares. Ahora se abre paso el revisionismo histórico que expulsa la mentira marxista del materialismo histórico. El mal no ha prevalecido… Cristo siempre vence.  Por ello tenemos que decirlo claramente: con Nicolás II, Rusia alcanzó niveles de desarrollo solamente superados en la época por los Estados Unidos. Veamos.
Las grandes reformas de las dos décadas del Czar Nicolás II, comenzando por la transformación, agraria. En ella está grabado, para siempre, el nombre de Stolypin quien con el acuerdo del Soberano llevó adelante una reforma agraria de extensión desconocida que hizo de los campesinos propietarios de sus tierras. Dos leyes claves redactadas por Stolypin la primera del 9 (21) de noviembre de 1907 dejó sin efecto ‒señala Facionelli‒ el cerco de la comunidad aldeana la que se convirtió en propiedad absoluta de los vecinos. En junio del año siguiente todos se trasformaron en propietarios individuales independientes. Varios millones de trabajadores de la tierra fueron favorecidos con la misma medida. Se formó así, una capa de pequeños terratenientes cuyos intereses coincidían con los del Estado. Las cosechas aumentaron en un 78 por ciento. Cabe señalar en primer lugar la producción azucarera que aumentó en un 245 por ciento. La industria hullera en un 300 por ciento, la del petróleo en un 65 por ciento, por ciento, sin dejar de señalar las fundiciones, que, como la del hierro, ascendió en un 250 por ciento. Las reservas de oro pasaron de 468 millones de rublos a 1064 millones. Las extensiones de la red ferrocarrilera aumentaron en decenas de miles de kilómetros. El territorio Imperial tuvo la satisfacción de exponer al mundo su ferrocarril hasta Vladivostock con una extensión de 8.000 kilómetros. Así se llegó hasta el océano Pacífico, llevando las actividades a extensas zonas hasta ese momento vírgenes. La guerra de 1914 y los movimientos plutócratas y marxi-bolcheviques de varios años atrás, malograron la grandiosa experiencia que ya era ejemplo para el universo.
En lo internacional, debemos destacar la propuesta del Czar, sobre la creación de un Tribunal Internacional de Justicia que finalmente se concretó. Hoy lo conocemos como el Tribunal de Justicia Internacional con sede en La Haya. Los aspectos de la vida cultural con sus nuevas Universidades y escuelas que por miles se instalaron las dejamos para otra entrega. En ella, si Dios quiere, proyectamos presentar un juicio sobre la “intelligentzia” y en especial mostrar a un Tolstoi ácrata y “cristiano” que cumplió muy bien su parte de saboteador Iscariote en la tragedia de la Santa Rusia de la ejemplar familia Romanoff.
Luis Alfredo Andregnette Capurro

jueves, 30 de noviembre de 2017

Poesía que promete



44 menos

Faltarán en la próxima partida
cuando el ancla se aparte de la orilla,
tendrá la ausencia un crepitar de quilla
un quebranto salino en plena herida.

Faltarán cuando el casco se sumerja
dejando malecones y banderas,
ojos diestros en velas o escolleras,
cuando la eslora con el mar converja.

Faltarán de vigías, la torreta
preguntará por ellos a los vientos,
sus nombres nos dirán los barloventos,
su arrojo el ondular de una corbeta.

Faltarán si la hélice reclama
su cuidado seguro, justo y propio,
si el timón o el ahusado periscopio
añoran una voz y una proclama.

Faltarán al singlar del mar inmenso
afondando heroísmos argentinos,
custodiando los náufragos caminos
con sigilo marcial, austero, intenso.

Faltarán en las mesas navideñas,
en la sala de partos,en los puertos,
en las rondas de mates, los abiertos
fogones al amparo de las leñas.

Cuarenta y cuatro menos, las rompientes
serán sus tumbas, nuevas alboradas,
que nadie se equivoque, camaradas,
ninguno ha muerto en el San Juan: ¡Presentes!

Antonio Caponnetto

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Nacionales



SAN JUAN

Algunos están señalando culpables, y los hay. Desde hace largas décadas venimos asistiendo a un proceso inexorable cuanto cruel, de inmovilización y desmovilización de las Fuerzas Armadas Argentinas.

No les han ahorrado agravios, ultrajes, vejámenes, hostilizaciones físicas y espirituales. No se las ha dejado de injuriar y de presentarlas a las nuevas generaciones como un hato brutal de genocidas.
  
La prisión retiene a muchos que deberían ser tenidos por héroes, y de la libertad hacen gala el grueso de los enemigos de Dios y de la Patria.

El menosprecio, claro, les ha ensuciado el alma y es lo más grave. Pero les ha enfermado la materia, que hoy significa el derrumbe de sus armamentos, y la dolorosa patencia de constatar nuestra poca valía física.

Tanta, que ante dramas como el del hundimiento del Submarino San Juan, rogamos el auxilio a los mismos que asesinaron ayer a los nuestros en la gran batalla del Atlántico Sur. Y no lo llamamos menoscabo a la soberanía sino solidaridad internacionalista. ¡Cuántas malditas elipsis van y vienen, sustituyendo a la palabra veraz que defina como un tajo!

No son exculpables de este drama las empinadas cúpulas castrenses, cómplices de aquellos precitados enemigos; pero peor aún: verdugos de sus propios camaradas.

Le entregaron sus fueros, sus galones, sus heridas, sus años de servicio; y al final los dejaron morir entre herrumbres, ante el gozo caínico de los cernícalos marxistas.

Mucho menos son exculpables los políticos, desde un mediano antaño hasta el reciente hogaño. Si sus nombres no damos es porque todos tienen el mismo y excecrable nombre: democracia.

A otros, que culpas no mentan, se les ha dado por comparaciones que tienen su asidero. La más certera: tener en vilo a una sociedad por un desaparecido ficto,que apareció al fin para exhibir la nadidad crapulosa de su talla de anarquista blasfemo, y que no guarde proporción alguna ese vivir con el corazón en vilo por los que hasta hoy son una cuarentena larga de desaparecidos reales y honorables. Subleva tanta inequidad manifiesta.

No negamos las razones de los unos y los otros que aquí quedan retratados. Si sirviera para algo, les llegue nuestro apoyo.

Sálvese no obstante un desacuerdo que no es de poca monta: la palabra justiciera que castigue a los infames, cargada de pasión y de vehemencia, no puede ser sinónimo de coprolalia, de exabruptalidad y de guturalidad.

Esta moda malsana no vuelve más eficaz nuestra santa ira. La vulgariza y la destina al olvido.

Se preguntaba Hölderlin para qué los poetas en tiempos de angustia. Ellos –dice el germano‒ son semejantes a los sacerdotes del dios de las viñas, que en las noches sagradas andan de un lagar al otro custodiando las semillas y las siembras. Ellos nos sirven de testigos mientras llegue la hora en que aparezcan muchos héroes, crecidos en la cuna del bronce. A menudo, un frágil navío no puede contenerlos, pero después la vida no es sino soñar con ellos. Porque es mejor soñar con los héroes, que vivir sin ellos y en constante espera.

Sería pertinente recordar estas enseñanzas a los que ahora no cesan de rezumar rencores, resentimientos y angustias sin horizontes sobrenaturales. A los que ahora no cesan su verborrea vacua y huera de todo horizonte sobrenatural y trascendente.

Stella Maris permita que estén vivos. Pero si los tripulantes del Submarino San Juan han muerto, su sangre no fue vanamente derramada.

Brotará al unísono, como la voz imprecante e impetrante de un nuevo Jonás, para espetarle al rostro de la ciudad apóstata y crepuscular, que no se puede vivir sin héroes y sin santos. Que no se debe vivir sustituyendo a aquéllos por los paródicos próceres del espectáculo, y escupiendo a los otros en nombre del secularismo.
  
Sin duda emergerá del mar esa sangre inocente para limpiar tanta hediondez política, tanta falsedad histórica, tanto orgullo nefando por la contranataura; tanto pacifismo budista y tanto veneno cultural y espiritual desparramado a mansalva.

Si nuestros pastores fueran católicos; ya mismo, y en comunión con el Pontífice ‒que se supone que aún recuerda que nació en estos lares y que fue bautizado en la Fe Verdadera‒ deberían repetir sin pérdida de tiempo una antiquísima costumbre de la España Medieval, que fue costumbre también de otras patrias cristianas.

Ante situaciones como las que estamos padeciendo se exorcizaba el océano furioso, acción litúrgica que hacían solemnemente delante de los marinos todos, formados marcialmente cual peregrinos épicos, recitando precisamente el Prólogo del Evangelio de SAN JUAN. Y a continuación, esa brava marinería, arrojaba reliquias veneradas a las olas.

A ver si hay un capellán católico e hispanocriollo en estos lares, que nos convoque a esta acción urgente y urgida. Allí estaremos entonces. Junto a los familiares, los deudos, los que aguardan sin arriar la esperanza, y los que ya han anclado la esperanza en la proa celeste. Allí estaremos, bandera azul y blanca enarbolada, Cruz en alto.

Porque es mejor exorcizar el océano que confiar en la tecnología de los gringos hipócritas. Y es más eficaz aún que toda la parafernalia de la tierra, el entonar a coro, junto a los mojones de un puerto trinitario, las estrofas imbatibles e invictas del Salve Regina.

Antonio Caponnetto