martes, 8 de mayo de 2018

Al Divino Foco de Amor

   
En medio de tanta basura democrática, un respiro de Eternidad.

viernes, 4 de mayo de 2018

Desde el Real de la Muy Fiel y Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo


ALTORRELIEVE PARA JOSÉ ANTONIO,
CÉSAR ROMANO

El cuarto mes del Año de Gracia 2018, no puede ser dejado en el “río de las sombras”, al decir de Séneca, sin esculpir en pórfido que Roma ha cumplido, el 21 de abril, dos mil setecientos setenta años de su nacimiento junto al Tíber. Debemos por la tanto, recordar el mandato de la URBE, con el homenaje para Rómulo y Remo, sus fundadores a los que la leyenda señala que sobrevivieron al intento de asesinarlos, porque una Loba los amamantó durante su crecimiento.

Se cumplía así el designio de Dios, que además les concedió a su progenie la voluntad de Imperio. Esa pequeña población de Lacio, al decir de Hilaire Belloc, preparó, con sus gladios, la cuna de Cristo, nisión grandiosa ya sentida por Virgilio en “La Eneida”, donde glorifica la imagen de alguien grandioso que para muchos estudiosos latinos es la premonición de Cristo que tuvo el genial romano.

Roma sólo puede mover sentimientos de admiración para nosotros los que por herencia somos del Lacio y corre por nuestras arterias y venas sangre latina. Ésta nos trae a la memoria a Duverger, que nos dejó escrito: “la cultura antigua nos ha llegado a través del filtro del «Imperium Romanum». Todas nuestras construcciones políticas remiten a la experiencia romana”. Mientras, Ortega y Gasset hace imperecedero el recuerdo señalando para los siglos: “Cuando los pueblos que rodean a Roma son incorporados, más que por sus legiones, se sienten injertados al árbol latino por una ilusión. Roma les sonaba a nombre de una gran empresa vital donde todos podían colaborar, la Urbe era el proyecto de organización universal; era la tradición política jurídica superior; una admirable administración un tesoro de ideas recibidas de Grecia que prestaban un brillo superior a la vida…”

García Pelayo, (citado por el historiador Dr. Hubeñak en su magnífico trabajo “el Mito de Roma”) estampa algo que nos retrotrae al pasado siglo XX, tiempos de esperanza en que fue escrito el notable y emocionante párrafo. Leamos al gran filósofo y pensador hispano que nos honró al ser nuestro contemporáneo: “La lucha por Roma y el nombre romano se extendió desde las estepas rusas a las costas atlánticas, cifró durante un período el antagonismo de Oriente y Occidente, movilizó los ejércitos para la «MARCHA POR ROMA» (subrayado nuestro) agudizó la habilidad retórica de los poetas y la capacidad de argumentación de los juristas, de modo que, las armas, las letras y las leyes, conjuran sus esfuerzos para esta lucha por Roma y por lo romano”. Eran los tiempos de último Dux, asesinado el 28 de abril de 1945 por la hez bolchevique. Crimen hoy todavía impune, por el que nunca la “justicia democrática” llamó a responsabilidad a sus autores perfectamente identificados.

El Dux al que nos referimos, y que también podemos llamar el segundo Rienzo romano dijo a su pueblo: “Nosotros no hacemos una Italia nueva, sólo buscamos poner la Italia romana en marcha”. No pudo ser. Lo impidió la traición de un Savoia, “rey” pequeño de cuerpo y de alma, junto a Badoglios, y Cianos; Brutus e Iscariotes de la oligarquía disfrazada de marinos y soldados, pero en verdad devenida en coprocracia. De ella no podía salir otra cosa que la “Volta Face”, es decir, la traición del 25de julio de 1943. Episodio que avergonzará por siempre a la auténtica Italia.

Sin embargo hoy, como ayer, la feroz batalla continúa. No ha finalizado pese los cien millones de asesinados por el judeo bolchevismo. ¿Por qué? Pues porque Dios da vida a las esencias de Roma. Ella permanece. Vive y lucha, contra el nihilismo modernista liberal con el marxismo gramsciano, en constante agresión de su boa constrictora. Todo lo expresado es, para quien esto escribe, el Arco Triunfal mediante el cual recibimos a José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, advenido a nuestro mundo en Madrid, el 24 de abril de 1903. En ese día, la Iglesia Católica conmemora la festividad de San Fidel, “abogado y mártir”. Esas dos características del caminar del Santo en la tierra, preanuncian la vida de José Antonio, quien, como veremos, está enraizado en nuestros lares. “Eran a las diecinueve y cuarenta y cinco de la tarde” cuando el niño llenó de alegría aquella casa castellana de la Calle de Génova. “«En buena hora nacido» como diría el Cantar de Gesta de Rodrigo Díaz de Vivar” (Ximénez de Sandoval escribió en su genial “Biografía Apasionada”).

Por su familia de limpio linaje, es además un español de casta, vinculado a Hispanoamérica. Y lo es por dos vertientes. La de su padre Don Miguel y su madre, doña Inés Sáenz de Heredia. El bisabuelo de José Antonio lo fue el Virrey de Sobremonte. Una hija de este alto funcionario (injustamente atacado por una historia con “inexactitudes a designio”) nacida en el Virreinato del Río de la Plata era descendiente de Irala por su madre, y había contraído enlace en Córdoba (1804) con don Miguel Primo de Rivera, Teniente Coronel de los Reales Ejércitos, en los Reinos de Indias. La sangre cubana tampoco le era ajena. Ésta llegaba desde un abuelo materno, natural de Logroño y magistrado de la Audiencia de La Habana donde contrajo matrimonio con la cubana Ángela Suárez de Agudín.

Los estudios primarios y secundarios los realizó José Antonio en medio del dolor de España. La Hispania gloriosa había sido arrojada de Cuba y Filipinas por el cuervo yanqui, con una guerra (1898) provocada por el sujeto del Big Stick mister Theddy Roosevelt en conspiración con la prensa norteamericana que, como todos sabemos, respondía y responde a los poderes invisibles e increíbles. José Antonio, ya universitario, fue un observador atento, no sólo de la primera guerra mundial, sino además de triunfo de la conspiración  bolchevique, que hundió al Imperio de la Santa Rusia en el infierno de la utopía marxista leninista, en la que sufriría espantosamente durante siete largas décadas. La infección diabólica llevada al este eslavo por Vladimir Ilich Blank (Lenín) pretendió extenderse de inmediato por Europa. Dios no lo quiso. Por ello, apareció en el continente, y tomaría a cuerpo un movimiento que, nacido en Italia, fue ejemplo en el mundo. Nos estamos refiriendo al Fascismo, el que el 28 de octubre de 1922, sus squadre ocuparon los edificios públicos en la ciudades de Italia. Las columnas de Camisas Negras, cantando “Giovinezza” entraron en Roma. Mussolini era encargado de formar Gobierno. Las zurdas fueron derrotadas y desaparecieron del escenario político en los dos años siguientes.

Se puso fin así al juego irracional de la democracia que las izquierdas y las plutocráticas pensaban seguir hasta que los pueblos cayeran en un caos, previo al esclavismo del barbado judío que respondía al nombre de Karl Marx. Pronto, en toda Europa, surgieron imitadores del sistema italiano. En 1931 surgía en Inglaterra, Oswald Mosley con su Partido Unión de los Fascistas Británicos, mientras en Francia, Bélgica, Noruega, Hungría, Rumania, Irlanda, Austria y Alemania surgían movimientos de la misma inspiración. El Doctor Luis Eugenio Togores, ilustre Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, escribe respecto a este momento histórico, que tanto influirá en el jurista José Antonio Primo de Rivera, ya diplomado en Derecho durante1923-1924. Dice el citado señor profesor, en el notable estudio sobre la Falange (Editorial La Esfera de los Libros) que escribiera con el periodista Gustavo Morales: “No es de extrañar que, en este ambiente un joven José Antonio Primo de Rivera quien había acompañado a su padre (entonces Jefe del Gobierno español entre 1923 y 1930, decimos nosotros) a una visita a Italia quedase subyugado por la estética, el estilo, y la grandiosidad que en todas sus manifestaciones desprendía el Fascismo. Junto a él, toda una generación de jóvenes españoles, muchos de ellos intelectuales de primera fila, seguidores de las vanguardias culturales, se adscribieron a los nuevos movimientos de tipo fascista, llamados a crear una sociedad nueva, fuerte, marcial, lacónica, y más justa”.

¡Había llegado la hora del Fascismo! En mi Patria Oriental se comenzó a hablar de un cambio de rumbo. Incluso se hizo casi presente una “Marcha sobre Montevideo” para que la ciudad despierte de su molicie y comprenda la oligarquía que en su seno comercia ¡el infame comercio! con “las cosas y con los intereses sagrados de los Orientales, que corren riesgo las achuras y los placeres de Capua” (“El Debate” diario herrerista del 7 de febrero de 1933). En julio de 1937, el Caudillo oribista Dr. Luis Alberto de Herrera de visita en Italia expresaba públicamente: “En ninguna parte de Europa he presenciado más convincente espectáculo. Los ideales antes rotos y dispersos, cual los mármoles del Forum mutilado, se han reconstituido, se han refundido y rebrotan el bronce de una epopeya civil, consumada y deslumbradora. Porque no es un partido, ni una fracción contra otra fracción, es la comunidad en marcha abriendo su propia ruta. En el centro de este formidable movimiento anímico, cívico, patriótico, y social, cual propulsor de la obra inmensa, la figura extraordinaria de Benito Mussolini que llena la época contemporánea”.

Pero volvamos a la España republicana y decadente ubicándonos a principios de la década tercera. Allá vamos. Luego de 1930, con la despedida de su padre del gobierno por el rey Alfonso XIII, José Antonio, entró en política para defender a su padre, a sus colaboradores, y a la obra restauradora del septenio. El citado reyezuelo, menos de un año después del cese del General Miguel Primo de Rivera, huía de España ante el resultado adverso de unas elecciones municipales. Un espectáculo que nunca había presenciado la España, martillo de herejes y piedra angular del Occidente romano. Fue proclamada entonces (el 14 de abril de 1931) la nefasta república la que, en pocos años, se transformaría, por la vía democrática, en instrumento de los rojos para edificar “el paradisíaco” socialismo stalinista. Ello llevó al Ejército español a proclamar el Alzamiento, que se conoció como la Cruzada, del 18 de julio de 1936. Allí estaría el César José Antonio con su Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, fundada el 29 de Octubre de 1933 con miles de camaradas luciendo las camisas azules y cantando su himno “Cara al Sol”, amén de llevar al frente la bandera con tres listones verticales. Ellos estaban y están dispuestos así: un listón negro como la pólvora que en la parte central lucía y luce , bordado en rojo, el yugo y las cinco flechas, emblema de los Reyes Católicos, a cada lado, sendos listones rojos (de igual grosor que el negro) color de la sangre que darían para la recuperación del Solar de la Raza.

Eran un ejemplo para la Hispanidad. Estaban ya en lucha, brazo en alto y palma al cielo contra el marxismo y los partidos políticos, la irracional democracia inorgánica y dispuesta a desmontar el capitalismo liberal que, como el César dijera, era “campo fértil para el comunismo”. El día citado de la Fundación de la Falange, José Antonio pronunció un discurso que está entre las grandes piezas oratorias de la humanidad. De esa alocución extraemos un párrafo que es síntesis de su doctrina. Así se expresó el César:

“Que desaparezcan los partidos políticos. Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio nacemos todos en una familia; somos todos vecinos de un Municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si esas son nuestras unidades naturales, si la familia, el Municipio y la Corporación es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos el instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos que para unirnos en grupos artificiales, empiezan por desunirnos en nuestras realidades auténticas? Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre…”

Pocas semanas antes de su martirio, acaecido el 20 de noviembre de 1936, José Antonio, desde la cárcel donde estaba esperando los “juicios” amañados por los bolcheviques, escribía a los Falangistas combatientes: “Camaradas de la primera línea de Madrid. Desde esta cárcel donde se cree encerrado el espíritu de la Falange teniéndome preso, os envío con el pensamiento en nuestra España y el brazo en alto mi mejor saludo nacional-sindicalista. Si algo tiene de agobiante la prisión, por otra parte leve sacrificio al lado del que tantos compañeros sufrieron y sufren, es el alejarme físicamente de nuestros peligros, de nuestros afanes. Pero estoy lejos en cuanto la distancia material; fuera de ella, no sólo el ardor del espíritu, sino en una actividad silenciosa que no descansa, estoy más cerca de vosotros que nunca”.

Luis Alfredo Andregnette Capurro

viernes, 27 de abril de 2018

Mirando pasar los hechos


LA MATANZA


“Muy satisfechos de ir por el atajo

balando entre el chillar de los vencejos

sin la luz de los ojos que ven lejos.

¡Ay, el pastor! ¿Adónde te escondiste?”

(Padre Castellani, “Visiones”, octubre de 1947)




Como si todo se redujera a una mera cuestión cromática, en estos tiempos de ola amarilla, sepultadora del ya pasado tsunami naranja, el panorama negro de la que alguna vez fuera la Patria Bella sigue mutando, y de las mesnadas rojas del pasado diciembre ha devenido ahora en verde abortista.



Verde como el color del alimento que se pudre, como la mosca que se regodea en el excremento. Verdes los pañuelos de las que han dado encarnadura real a aquel título de un programa de televisión de otrora: Mujeres asesinas. Verde de mucosidad enferma que ha salido a barbotar ante la pasiva mirada de muchos que debieran actuar.



Alborotadas por los calores inusuales de un abril impío (en todo el sentido de la palabra), los hongos verdes asentados en el Charlamento Nacional exigen “aborto legal en el hospital”, tal como reza (es un decir) un mantra estrenado en el día de la venganza terrorista del pasado 24 de marzo. Y para seguir promoviendo el Aborto Libre para Todas y Todas (por esas cuestiones de género que tanto se llevan en estos tiempos y contratiempos), las empoderadas irán a los templos.



Nadie crea que están pensando en ir a misa. No hay bergoglios ni lagunas a mano para que estén “una cum” ellas. No volvieron Mayol ni Podestá, que bien conocen de estas osas que osan hozar recintos para ellas infrecuentes. Lamentablemente, ya no podríamos llamarlos “recintos sagrados”. Mucho hace que perdieron esa categoría, por obra y desgracia del Concilio Vaticano II.



Y no. No nos sorprende que las Hijas del Misoprostol se atrevan a tanto. Nos sorprende que no haya una sola voz episcopal que demuestre que debajo de las sotanas todavía queda algún atributo varonil que sirva para defender la Buena Causa contra el avance de las herodianas. No hay Obispos que llamen a Cruzada. Hay voceros episcopales que redactan cartas descafeinadas que claman al cielo tanto como el derramamiento de la sangre de los más inocentes.



Tiempo atrás un necio con anillo episcopal despachó a un defensor de la Iglesia diciendo que en su recinto “no se necesitaban Cruzados”. Ahora, en los recintos va a encontrar a las feministas que tal vez nunca soñara que se le enfrentarían.



Quizás ese pobre hombre pregunte ahora por los Cruzados. Pero será tarde.



Sus catedrales, de todos modos, no van a ser profanadas por las tiorras rioplatenses: las catedrales ya fueron profanadas, hace bastante tiempo, por los mismos que no querían a los Cruzados.

Rafael García de la Sierra

sábado, 7 de abril de 2018

Desde el Real de la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo


STALIN EN EL AVERNO



Desde la ventana del estudio observo la llegada del otoño. Éste se hace presente con su séquito de hojas amarillentas y secas que juegan dibujando remolinos en las anchas veredas de la avenida Brigadier General Juan Antonio Lavalleja. El nombre de un hombre noble y valiente que trae la nostalgia de la Patria Grande con su formidable espacio geopolítico que Su Majestad Católica Carlos III llamó “Virreinato del Río de la Plata” dentro del Reino de Indias.

Sentado frente al escritorio medito sobre un tema para el querido Blog que lleva el título egregio de “CABILDO”. Sin pensar mis ojos se detienen en el calendario del cual pende una hoja que ya está por caer y que pertenece al mes de marzo del Año de Gracia 2018. La observo, y cuando miro, lunes 5, pienso inmediatamente que 65 años atrás moría Stalin, el amo bolchevique protegido a ultranza por las oligarquías plutocráticas internacionales y al que, los Tripuntes Hermanos Roosevelt y Churchill, salvaron de la derrota que le infringía el Eje Roma Berlín. Momentos en que las tropas del Pacto Antikomintern eran recibidas con ramos de flores. Al puño cerrado bolchevique se oponía el brazo en alto y la palma abierta.

En esos años la prensa democrática capitalista y esotérica convirtió al que había asesinado a diez millones de campesinos kulaks en mito redentor. El georgiano de frente estrecha, cabellos negros y abundantes con fisonomía mogólica. Había mucho en el sujeto ‒dice un biógrafo‒ de felino sobre todo su forma de caminar. Éste era, para las “democracias de Occidente”, la esperanza de un mundo mejor que parecía estar a la vuelta de la esquina en la segundo lustro de los cuarenta. La fórmula ideal ya la tenían los alquimistas. Se componía de esta manera: democracia relativista e irracional con el ingrediente marxista del “buen tío Joe” (Roosevelt dixit en febrero de 1945).

Pero eso no fue todo. En las cenas pantagruélicas de Yalta y en medio de ríos de champagne regalaron la mitad del mundo al látigo Knut del discípulo de Vladimir Ilich Ulianov Blank el semi-judío con cabeza y faz de demonio que se hacía llamar, Lenín por sus seguidores. Sin embargo lo dicho no es para nada suficiente, porque el camarada lector merece una ficha más extensa del sátrapa de la utopía absurda que entró en el averno hace seis décadas y un lustro. La prometemos para otro capítulo. Si pensamos en los círculos infernales de Dante Alighieri en su maravillosa “Divina Comedia” deberíamos dividirlos en varias partes porque cada uno de ellos tiene derecho para poseerlo. Observemos a Iósif (José) Vassarionovich Dzhugashvili que, el mundo conoció como STALIN, el seudónimo que significando en ruso “Acero”, lo caracterizó en su vida de terrorista y taumaturgo leniniano. La documentación lo da como nacido en Goti, Georgia, el 21 de diciembre de 1879 y muriendo, en su dacha de Moscú, como ya dijimos, el 5 de marzo de 1953 en medio de una lucha interna contra los que él llamaba “asesinos de Bata Blanca”, los cuales eran, un grupo de médicos judíos, a los que se acusaba de la muerte extraña, acaecida durante varios años, a diferentes jerarcas del régimen soviético.


Nos tuvo Dios de su mano, cuando en estos días, encontramos en librería de lance un tomo de Editorial Planeta fechado en 1967 traducido por Augusto Vidal y titulado “Rusia, mi padre y yo”. Allí se puede leer una larga entrevista a Svetlana Stalin, hija del viejo zorro bolchevique. Leamos párrafos fundamentales.


“…Después de mi regreso de Georgia sólo vi dos veces a mi padre. Ya he que contado cómo, en el aniversario del Octubre Rojo, fui a verlo a la dacha con mis hijos. Luego estuve en su casa el 21 de diciembre de 1952, día en que cumplió setenta y tres años. Fue entonces, cuando lo vi por última vez. Tenía mal aspecto aquel día. Por lo visto, experimentaba los signos de alguna enfermedad, tal vez hipertonía, pues de golpe había dejado de fumar de lo cual se enorgullecía mucho. Mi padre llevaba fumando no menos de cincuenta años. Evidentemente se notaba un aumento de presión sanguínea, pero no había médico: Vinogradov estaba detenido, y mi padre no confiaba en nadie que se acercara como galeno. Tomaba, según su buen entender, unas píldoras, echando una gotas de yodo en un vaso de agua. No sé de donde había sacado aquellas recetas caseras; mas, por otra parte, hizo cosas incomprensibles: dos meses después, veinticuatro horas antes de sufrir la congestión cerebral, se metió en el baño ruso (se lo había construido en la dacha, en una casita aparte) y estuvo exponiéndose al vapor y azotándose con una escobilla según la vieja costumbre siberiana. Ningún médico se lo habría permitido, pero no había médicos a su alrededor”.


“El «proceso de los médicos» tuvo lugar durante el último invierno de la vida de mi padre. Valentina Vasilievna, que servía la mesa durante los almuerzos oyó discutir la cuestión, y me contó más tarde que mi padre estaba muy disgustado por el giro que tomaban los acontecimientos. Mi padre decía que no creía en la deshonestidad de los médicos. Todos los presentes, como de costumbre se limitaban a callar”.


“De todos modos es necesario extraer de sus relatos algunos granitos de buen sentido pues ella estuvo en la casa de mi padre durante dieciocho años. Me fui, quise volver el domingo pero el sistema era complicado. Primero había que llamar al «Oficial de Guardia» quien decía: «hay movimiento» o bien «por ahora no hay movimiento», lo cual significaba que mi padre dormía o leía en su despacho y que no andaba por la casa. Cuando «no había movimiento» no se debía llamar por teléfono; y el caso era que podía estar durmiendo a cualquier hora a pleno día. Su régimen de vida era completamente anárquico. En la mañana del 2 de marzo de 1953 me llamaron cuando estaba en las clases de la Academia y me ordenaron que fuera a Kuntesov (localidad cercana a Moscú donde Stalin tenía de sus casas de campo (dacha). Aquellos fueron días terribles. La sensación de que algo estable y sólido se había desplazado de su sitio y se tambaleaba, se apoderó de mí en el momento que fueron a buscarme a la Academia y me comunicaron que Malienkov me pedía que fuese a Blihznaia. (Llamaban así a la zona próxima a Moscú y a la casa de campo ‒dacha‒ que tenía mi padre en Kuntsevov a diferencia de otras más lejanas)”.


“Ya era increíble que alguien que no fuese mi padre me invitara a que fuese a verlo. Durante todo el camino experimenté un raro sentimiento de confusión. Cuando hubimos cruzado la puerta del jardín y en el camino a la casa, Jruschov y Bulganin me indicaron que pasara. Dentro en el vestíbulo noté que algo había cambiado: en vez del silencio habitual se notaba un silencio profundo; alguien corría atareado. Cuando por fin me dijeron que mi padre había sufrido una embolia y no había recobrado el conocimiento, hasta sentí cierto alivio pues ya lo creía muerto. Me contaron que al parecer, había sufrido un ataque por la noche: le habían encontrado aquí mismo, sobre la alfombra, junto al diván y habían decidido trasladarlo a otra estancia, al diván donde solía dormir. «Ahora está allí con los médicos, puedes pasar»".


“Yo escuchaba sumida en un estado de semi inconciencia. Sólo me daba cuenta de una cosa: él se estaba muriendo ante mis ojos. Y durante los tres días que pasé allí era evidente para mí que no podía ser de otro modo. En la gran sala donde yacía se aglomeraba mucha gente, los médicos desconocidos que veían al enfermo por primera vez, los académicos (V. N. Vinogradov, que había cuidado a mi padre durante años se hallaba en la cárcel) estaban muy agitados, le aplicaban sanguijuelas en la nuca y en el cuello, le hacían cardiogramas y radiografías de los pulmones; una enfermera le aplicaba inyecciones mientras uno de los médicos anotaba con todo detalle el curso de la enfermedad. Todos se afanaban en salvar una vida que ya no era posible salvar. De un centro de investigación trajeron un aparato de investigación para hacer la respiración artificial y con él llegaron unos jóvenes especialistas. Probablemente fuera de ellos nadie lo habría sabido utilizar…”


“La muerte de mi padre fue terrible y difícil. Aquella era la primera muerte que yo presenciaba. DIOS CONCEDE UNA MUERTE FACIL A LOS JUSTOS (subrayado nuestro). Un derrame cerebral se va extendiendo gradualmente hacia todos los centros y, si el corazón es fuerte y sano el derrame se apodera poco a poco de los órganos de la respiración hasta que el paciente muere por asfixia. La respiración de mi padre se aceleraba cada vez más. En las últimas doce horas se veía claramente que el hambre de oxígeno aumentaba cada vez más. El rostro se le oscureció y se le alteró, los rasgos se le iban desfigurando, los labios se ennegrecieron. Durante la hora o las dos últimas horas, el hombre se fue ahogando en una agonía espantosa. Se asfixiaba a la vista de todos. Hubo un instante ‒no sé si fue realidad o nos pareció‒ por lo visto ya en el último momento en que abrió los ojos y recorrió con la mirada a cuantos nos hallábamos a su lado. Fue aquella una mirada horrible, una mirada de locura, de cólera tal vez, y de pavor ante la muerte y ante los desconocidos rostros de los médicos que se inclinaban ante él. Aquella mirada se posó en todos durante una fracción de segundo. Y entonces ‒aquello fue incomprensible y aterrador, aún sigo sin comprenderlo, mas no puedo olvidarlo‒ entonces alzó de pronto la mano izquierda (la que conservaba movimiento) y pareció como si señalara con ella vagamente hacia arriba o como si nos señalara a todos. El gesto resultaba incomprensible pero había en él algo amenazador, y no se sabía a quién ni a que se refería… Un momento después, el alma, en un último esfuerzo abandonaba el cuerpo. Voló el alma, el cuerpo dejó de sufrir. La faz fue empalideciendo y recobró el aspecto de siempre; a los pocos minutos quedó imperturbable…”



Luis Alfredo Andregnette Capurro